Etnografía Visual
10 años de guerra contra el narcotráfico en México:
Marcas, Monumentos y Antimonumentos

Alfonso Díaz Tovar – Lilian Paola Ovalle
IIA-UNAM / IIC MUSEO-UABC / Colectivo RECO (*)
http://www.colectivoreco.org/

Resumen

El 11 de diciembre del 2006 por orden emitida por el Ex Presidente Felipe Calderón se dio inicio a la Operación Conjunta Michoacán, con un despliegue de mas de cinco mil efectivos entre policías federales y militares. Con esta operación se inauguró la llamada “guerra al narco”. Esta política pública, -prohibición de las drogas y militarización de la lucha- ha generado un contexto de violación masiva de los derechos humanos. Una de las características de la guerra, son los monumentos y los lugares que se erigen para conmemorar a sus víctimas. En este ensayo visual, se presentan y analizan tres tipos de lugares de recuerdo y conmemoración: Marcas, Monumentos y Antimonumentos. El recorrido por estos lugares pretende ser indicativo, no exhaustivo. Estas marcas territoriales, se extienden a lo largo de la geografía mexicana y lo que nos indican es que México está herido y en lucha. Aunque el conflicto que se vive hace una década no sea plenamente reconocido, su territorio –entendido como la piel social- está lleno de heridas, que al mismo tiempo recuerdan la proximidad del dolor, como la reivindicación de la vida y la lucha por la supervivencia, por la “sanación” y la reconstrucción social.

(*) El colectivo Reco ha diseñado un sitio para explorar las posibilidades de esta etnografía visual en línea: http://www.colectivoreco.com/

Artículo

Alfonso Díaz Tovar – Lilian Paola Ovalle

Fecha: marzo 2017

Cómo citar este artículo:

Díaz Tovar, Alfonso; Ovalle, Lilian Paola. “Etnografía Visual. 10 años de guerra contra el narcotráfico en México: Marcas, Monumentos y Antimonumentos”, e-imagen Revista 2.0, Nº 4, Sans Soleil Ediciones, España-Argentina, 2017, ISSN 2362-4981.

La violencia vivida en México durante la última década es un acontecimiento que ha impactado profundamente a la sociedad, a la cultura, expresándose de diferentes formas en el transcurrir cotidiano. La llamada “Guerra contra las drogas” emprendida por el gobierno de México durante el sexenio del entonces presidente Felipe Calderón del año 2016-2012, sumado a los años del sexenio actual, ha dejado marcas y huellas de dolor en la vida de los ciudadanos de todo el país, especialmente en algunos estados como Tamaulipas, Baja California, Coahuila, Nuevo León, Jalisco, Guerrero, Morelos, entre otros más.

Si bien sus habitantes ya habían sido testigos de una suerte de teatralidad del horror en el escenario público, en contextos y disputas del crimen organizado o grupos dedicados al narcotráfico: balaceras, masacres masivas, cuerpos abandonados, encajuelados, cobijas teñidas de rojo, charcos de sangre, balas en el asfalto, eran episodios recurrentes y de cierta familiaridad entre la ciudadanía, pero que durante los consiguientes años –principalmente de 2008-2010- se agudizó, sumando a estas otras prácticas de crueldad como las muertes violentas y la desaparición forzada. Desde entonces fueron comunes las jornadas protagonizadas por cuerpos colgados en puentes vehiculares o peatonales, cabezas con mensajes abandonados en calles o plazas, cuerpos mutilados, enfrentamientos y balaceras con fuerzas policiales y militares; lo que sin duda dejaba toda este sangriento capítulo, fue un tratamiento de los cuerpos donde se les exponía y manejaba de forma cruda, inhumana y degradante (Ovalle y Díaz, 2014).

Mas 43, Ciudad de México

Mas 43, Ciudad de México

Memoria que resiste, Mexicali

Diversos espacios urbanos han sido marcados por el exceso de esta violencia, calles, puentes, parques, plazas, vialidades, entre otros, se han vuelto parte de esta expresividad extrema del horror. El exceso de esta violencia ha marcando estos lugares hasta convertirles en heridas abiertas: el recuerdo y el reconocimiento de estos hechos violentos y dolorosos, se debaten entre la presencia y la ausencia, entre la memoria y el olvido. La contundencia de estos hechos violentos y la forma en que se disponen en el espacio público, los hace imposibles de ignorar, están presentes en la cotidianidad y en los mensajes mediatizados, sin embargo, su reconocimiento se convierte en un lastre para la continuidad de la vida, es algo que nos interpela para demostrarnos el fin, la catástrofe, siendo los cadáveres la muestra más constante de ello.

En el discurso oficial es notoria la ausencia de reconocimiento a este contexto de guerra, minimizando la violencia y presentada como daños colaterales, hechos aislados o ajuste de cuentas. No obstante, desde la academia y desde los movimientos sociales se considera como un periodo extraordinario que vive nuestro país, donde la llamada guerra contra el narcotráfico es inexistente: estado de emergencia nacional (Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, 2012; Facio, 2016), capitalismo gore (Valencia, 2010), narcoguerra (Illades y Santiago, 2014), narcomáquina (Reguillo, 2011), violencia de Estado (Calveiro, 2012; Sergio Aguayo, 2015) reorganización hegemónica (Calveiro, 2012), narcoviolencia (Ovalle y Díaz, 2014), guerra de despojo o cuarta guerra mundial (EZLN, Esteva, 2013), son algunos de los denominativos enunciados para describir esta realidad nacional.

El politólogo Andreas Schedler (2015) sostiene que lo vivido actualmente en México, puede ser catalogado como un periodo de “Guerra civil económica”. Según este autor, las definiciones en la ciencia política hablan de este tipo de guerras cuando las confrontaciones entre un grupo armado y el Estado, o entre varios grupos armados dentro de un país causan un mínimo de mil muertos al año: esto conlleva invariablemente a un enfrentamiento armado recíproco, con víctimas en los diferentes grupos que se confrontan, pero también de las comunidades marcos de dicha violencia.

Este contexto ha generado una evidente expresividad en espacio público, la violencia de alto impacto social se ha vuelto parte de la vida diaria: muertes violentas, expresividad de los cuerpos en el espacio público y en medios de comunicación como un dispositivo de terror, desapariciones forzadas, proliferación de fosas clandestinas o masacres publicas han ido marcando todo el territorio nacional. Como fuertes y profundas cicatrices en el tejido social, como clara evidencia de este tipo de trauma social de un periodo que han no se supera, pero que al mismo tiempo emergen prácticas sociales de memoria que buscan reconstruirlos, darles un nuevo significado comunitariamente y terminar este tipo de duelo social.

Desde la primer masacre pública en 2008 en el poblado de Creel, Chihuahua, donde 12 jóvenes y un infante fueron ultimados por un comando fuertemente armado, el espacio público ha sido escenario de hechos de violencia, muerte y dolor. A partir de este momento, en otras ciudades como Ciudad Juárez, Monterrey, Morelos, Tijuana, se replicaban los hechos de terror: enfrentamientos, nuevas masacres, desapariciones forzadas, levantados, asesinatos o personas desintegradas en ácido, fueron marcando nuevos espacios, haciendo más grande esta cartografía del horror en México.

Sin embargo, y a pesar del sufrimiento que generan, comunidades y familiares han generado ciertos rituales de memoria en torno a algunos de estos sitios, apelando a la presencia de los sucesos que ahí acontecieron. A través de diferentes expresiones como murales, bustos, memoriales, altares o prácticas sociales de auto reparación o reconstrucción comunitaria, de cierta manera han ido conservando esta memoria colectiva alterna, que institucionalmente no ha sido reconocida, ni atendidas de manera eficiente, con acceso a la verdad y la justicia.

En estas prácticas emergentes, familiares y miembros de las respectivas comunidades, hay un reconocimiento social de los hechos, de las víctimas, construyendo nuevos lugares de memoria. En estos lugares construidos por comunidades, con significados, objetos y prácticas compartidas, se puede dar cuenta de esa otra sociedad, la que ha sido víctima al vivir el alto impacto de este contexto de “narcoviolencia”, y decide marcar estos lugares como sagrados porque resguardan sus recuerdos, en éstos hay fragmentos de memoria, de emociones y vivencias; por ello procuran resguardar su integridad física, pues en esencia lo que está defendiendo es su pasado, su identidad, y al mismo tiempo, su permanencia en el tiempo futuro.

Es un espacio que sirve para el recuerdo de dos maneras, en tanto es un depositario de significados, donde los grupos han dejado parte de su pasado materializado para comunicarlo a las siguientes generaciones, y al mismo tiempo también es un escenario donde los colectivos se reúnen a poner en práctica la memoria colectiva: manifestaciones de izquierda, celebraciones nacionales, visita de novios en día de la boda, paseantes cotidianos y extranjeros se congregan en estas espacios para apelar a un pasado, ya sea mediante protestas sociales, prácticas conmemorativas, visitas turísticas, pero son lugares que congregan y que sirven para que las personas recuerden, son espacios de memoria (Nora, 1984).

En éstos, además de las mencionadas prácticas de memoria, se pueden identificar una serie de rituales funerarios y de duelo acompañado, que se dicen emergentes pues en este contexto de la “narcoviolencia”, la ausencia de cuerpos debido a la extendida práctica de la desaparición forzada, es un factor común. Los familiares lo describen como un “duelo eterno” vivir con esta condición, la incertidumbre de no saber si está vivo o muerto, por ello asisten a estos lugares a encontrar acompañamiento y consuelo con miembros de sus comunidades, en una búsqueda por resignificar su dolor y mediante una reconstrucción de los valores y preceptos de la comunidad, poder superar esta dolorosa etapa.

Uno de los recursos de la memoria con mayor eficacia son los cimientos físicos los que sostienen a los simbólicos, con la posibilidad de ser más longevos que las personas y que hasta los grupos (Halbwachs, 1950). Cada colectivo abraza un espacio como propio porque le garantiza una estabilidad capaz de proteger sus significados originales, y por tanto, garantizar su sobrevivencia en el tiempo: cada que se transita por ellos, de diferentes maneras se van apareciendo esos significados pretéritos, transportando a las personas que los interpreta y experimenta a un espacio simbólico, es decir, además de su configuración material, existe una no tangible que ha sido edificada socialmente a través de las palabras, de los afectos, de las prácticas que los habitan y alimentan.

México es un país rico en historia, tan diverso culturalmente, su patrimonio cultural está conformado por ciudades, paisajes o zonas arqueológicas, son parte de este conjunto cultural en conservación, sin embargo, existe otro concebido en un pasado reciente al que la antropología no debe ser ajeno, que aunque representa “perpetuar la herida de la catástrofe”, la agenda de esta disciplina debe abordar (Díaz, 2008, p.15). Son parte de esas creaciones humanas recientes, expresión cultural de estas últimas fechas, de un pasado más reciente que da cuenta del desarrollo humano, materializado en diversas formas, elocuentes y necesarias para la explicación del estado actual de la sociedad, así como de la diversidad cultural de este país.

Al considerarse parte de este acervo patrimonial relevante y significativo culturalmente, se busca mantenerlos y protegerlos, reconociendo socialmente su pertinencia y necesidad, como un referente material y simbólico que abona a la pedagogía de la memoria. Ciertamente, uno de sus principales valores lo encuentra en su alcance instructivo, pues de manera didáctica pueden enseñar y ser aleccionador a sociedades futuras, en factores tan relevantes en estas épocas recientes, como la educación y promoción en derechos humanos (Vilches, 2016).

Una de los principales cuestionamientos actuales al proceso de designación y determinación de los espacios considerados oficialmente como parte del patrimonio cultural de México, el cual debe ser cuidado, protegido y conservado, está centrado en la figura de manufactura, es decir, quien lleva a cabo oficialmente este designio. Al tratarse de instancias tanto nacionales e internacionales, con un alto grado de institucionalidad y hegemonía, es decir, como organismos que sirven a intereses y posiciones específicas, en muchos casos respondiendo a intereses económicas, particulares o privados, y no reproduciendo necesariamente una memoria histórica amplia (García Canclini, 1997; Andrade, 2009).

Monumentos: Campo algodonero, Ciudad Juarez

Monumentos: Polideportivo Villas de Salvarcar, Ciudad Juarez

Monumentos: Memorial a las víctimas de la violencia en México, Ciudad de México.

Marcas: Lagos de Moreno, Jalisco

Cuando los rastros del conflicto se omiten, son seleccionados o borrados, la representatividad cultural se pone en entredicho, nos recuerda la antropóloga Trinidad Rico (2008). Efectivamente, desde una antropología del mundo contemporáneo extendiendo su campo de entendimiento, de un pasado distante, a un presente para comprender desde sus entrañas, dar cuenta de los efectos de la globalización, la modernidad y sus respectivas ruinas, se vuelve pertinente, asumiendo que pueden ser versiones disonantes o diferentes a las hegemónicas, recogiendo y validando narrativas marginales no siempre reconocidas oficialmente.

En este sentido, los lugares pertenecientes a una memoria colectiva de dolor, que han sido erigidos bajo la sombra de la tragedia, también deben considerarse como una suerte de patrimonio inmaterial pero de otro orden, uno que aunque sea considerado negativo, debe estar presente en los proyectos oficiales (Meskell, 2002). Abren las puertas a lidiar con temas y comunidades ausentes en los discursos hegemónicos, como una contranarrativa que alimenta la diversidad, la riqueza y la pluralidad de posturas acerca del pasado, y al mismo tiempo, abonan positivamente a los procesos de reconstrucción y reconciliación comunitaria.

Se posicionan como estimulantes de la memoria, que además de trasladar a una serie de significados en torno a vicisitudes pretéritas, funciona como un efectivo mecanismo de proyección de valores y deseos sociales: creaciones humanas, construidas con el preciso objetivo de romper con el silencio oficial y mantener vivos una serie de eventos o hechos en las vida de las futuras generaciones (Le Breton, 1997). Tener presentes estos lugares es reconocer lo que ahí aconteció, es interiorizar socialmente que en tanto espacio de dolor, de horror, de algo negativo que ocurrió, existe un referente cultural del que puede aprenderse algo, como una pedagogía de la memoria donde socialmente se construyan las medidas necesarias para que ese pasado nunca se repita.

En la etnografía visual elaborada por el Colectivo RECO que se presenta a continuación, con motivo de los 10 años de decretada la “guerra contra el narcotráfico” por el entonces Presidente de la República, se da cuenta de una serie de lugares erigidos en este contexto de guerra, como marcas territoriales de la “narcoviolencia” cimentados con el fin de recordar desde diferentes puntos de vista y distintos actores sociales involucrados. A través de un viaje etnográfico a varias ciudades y localidades de México, abordamos sitios donde se han escenificado hechos de violencia extrema, estableciendo redes de colaboración, correspondencia y cuidado con algunas comunidades involucradas, dando como resultado una taxonomía de aproximación inicial.

La representación visual de estos hechos es algo que también llama poderosamente la atención, pues también en los medios de comunicación ha sido recurrente la difusión de imágenes explícitas de sangre, mutilaciones, asesinatos, muerte, violencia y horror, sin entender ni profundizar en la gravedad de los hechos y las profundas huellas negativas que provocan en el tejido social. Este tratamiento superficial y banalizado de sucesos de alto impacto, al ser interiorizados y naturalizados socialmente, está latente siempre el riesgo de la indiferencia (Sontang, 2003), es decir, cuando nos acostumbramos a lo extraordinario, sin que se irrumpa en lo cotidiano y sea marcado como diferente, serán parte de ese repertorio familiar/conocido de sucesos y realidad vivida.

Los cuestionamientos y las preguntas que surgen de este contexto son numerosas y de distinta naturaleza: ¿cómo hacer visibles estos temas en un mundo lleno de imágenes? ¿cómo representar visualmente el horror sin naturalizarlo o banalizarlo? ¿cómo se puede reponer y reconstruir una comunidad a hechos de tan alto impacto? ¿cómo aprender de este periodo doloroso? ¿cómo asegurar la no repetición de hechos de tal naturaleza?

En este sentido es que el abordaje visual elaborado en este proyecto etnográfico, puede considerarse como el primer acercamiento académico formal a este fenómeno, que aunque no es un recorrido exhaustivo ni conclusivo, contribuye con elementos metodológicos y conceptuales relevantes para el entendimiento de esta nueva cartografía del horror. Si bien la representación de la violencia gráfica ha sido una de las características de esta época, no sólo en medios masivos de comunicación, también en otras expresiones como las artes, en la investigación científica existen proyectos y referencias limitadas a este periodo y su expresividad en el espacio público.

Los tres tipos de lugares de memorias categorizados en esta etnografía visual fueron: 1. los conocidos monumentos oficiales, 2. lo que denominaron “marcas de la memoria” y 3. recogieron el apelativo de lo que algunos colectivos han llamado como “antimonumentos”. Se trata de un estudio de 25 lugares que dan cuenta de memorias de distinta naturaleza, desde las construcciones más oficiales dedicadas a policías y militares caídos, otros que en contrasentido fueron construidos por colectivos de lucha con el fin de recordar y honrar a sus víctimas, hasta casas o bodegas que han sido marcos de masacres colectivas y que permanecen como heridas abiertas, en ausencia de tratamiento de Derechos Humanos.

Marcas: Creel, Chihuahua

Marcas:Villa de Salvarcar, Cd. Juárez

Marcas:Casino Royal, Monterrey

Aunque es común que se usen los términos memorial y monumento de manera indistinta, según la historiadora Erika Doss (2010) existen diferencias sutiles. Según esta autora, memoriales y monumentos son ayudas o herramientas para la memoria colectiva, y las dos materializan modos de privilegiar una versión determinada de los hechos sobre otras. Los monumentos, conmemoran a los grandes hombres y a los grandes eventos, a las ideas valoradas; por lo general rinden tributo a los muertos, y según la autora son entidades más multivalentes, con discursos y narrativas mas complejas, se trata de entidades como parques, jardines, bosques, auditorios, entre otras.

México como nación ha sido parte de esta práctica de poder y de rendición de tributo al pasado, que como una política de Estado, ha construido y erigido artefactos de memoria con una retórica clara de exaltación a un pasado heroico determinante para las condiciones de vida actual. Como una fórmula se erigen grandes construcciones que como objetos inanimados, son también vehículos de comunicación específicas; su objetivo es esencialmente afectivo: no se trata de narrativas neutrales, lo que mantiene viva a la memoria de un evento son las emociones que evocan.

Los monumentos celebran cosas, los memoriales conmemoran. Los primeros tienden a ser mas unificados, unitarios, restringen las posibilidades de múltiples interpretaciones; los segundos en contra parte, muestran un discurso más abierto, en constante reconstrucción y reinterpretación. Este es justamente una de las diferencias relevantes que el trabajo de etnografía visual del Colectivo RECO, como en el caso de los lugares conceptualizados como “marcas de la memoria”, mostrando la forma en que estos sitios construidos por la gente, la comunidad, familiares de las víctimas y colectivos de lucha, a través de prácticas y modificaciones a los espacios, muestran una memoria en constante reintepretación, sin permanecer estática, abonando a procesos relevantes de reconstrucción comunitaria y recuperación del valor de comunidad.

Masacres y asesinatos a miembros de la sociedad civil como la de Creel, Chihuahua (2008), la de San Fernando, Tamaulipas (2010), la de Villas de Salvarcar en Ciudad Juárez (2010) o la del Casino Royal de Monterrey (2011), eventos sumamente dolorosos para familiares y la comunidad, son recordados gracias a esta nueva ritualidad que como forma de socializar su dolor, abonan a los procesos de sanación, de duelo social y la reconstrucción comunitaria. Efectivamente, el potencial simbólico de estas prácticas no únicamente marcan el lugar como un espacio sagrado, de igual forma enfatizan una narrativa del pasado que aunque sea doloroso, se reconoce la relevancia de mantenerlos, no para abonar a la cultura de la herida, sino para contribuir al proceso de sanación o reconciliación social (Ahmed, 2015).

 

La tercer categoría llamada “antimonumentos” justamente lo que pretende es posicionarse como una edificación sin un discurso cerrado, sin los significados que comúnmente el discurso del poder le endosa a sus monumentos. Surgen como prácticas vivas de conmemoración, que se niegan a convertirse en piedra, se niegan a perdurar en el tiempo como un elemento material y discursivo fijo. Eventos como la desaparición de 43 estudiantes de Guerrero, los miles de casos de desapariciones forzada, así como los asesinatos relacionados a este periodo de guerra, superan los discursos oficiales que apelan al silencio, el olvido y la opacidad de acontecimientos de dolor, para convertirse en lugares de memoria donde generar “conciencia”, no sólo de la gravedad de dichos eventos, sino también de la ineficiente respuesta de la autoridad.

En todos estos lugares de memoria se muestra una sociedad viva, que ha entendido la relevancia de este periodo de violencia y horror, que aunque oficialmente no sea recocido, a lo largo de su territorio, visto como la piel social, está lleno de heridas. En estos sitio se conmemora de igual forma la proximidad del dolor, así como la reivindicación de la vida y la lucha por la supervivencia, por la reconciliación y la reconstrucción social.

Anti-monumentos: Cruz de clavos, Chihuahua

Anti-monumentos: Plaza del desaparecido, Monterey

Anti-monumentos: Parque Rojo, Guadalajara

De allí la importancia de dar cuenta de esta memoria que tiene un espíritu constructivo, reconstructivo en este caso, apelando a la multiplicidad de experiencias y contrarrestando visiones totalitarias de la realidad. Conocer las prácticas que se despliegan alrededor de este periodo de muerte, se vuelve un elemento central para entender el potencial de este ejercicio en aras de la reconstrucción comunitaria y la memoria pedagógica. En suma, es necesario entender el horror de la “narcoviolencia” para llenar ese vacío de conocimiento en la toma de decisiones y la política pública, basadas en evidencia; es igualmente preciso conocer y analizar las alternativas y resistencias ciudadanas a estas expresiones de exterminio y violencia, como las que se configuran en estos lugares de memoria.

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