Prólogo

Cuando despertó, el elefante todavía estaba ahí.

La imagen del rey en la Cultura Visual 2.0

Resumen

Adelanto del prólogo del nuevo libro de Sans Soleil Ediciones Cuando despertó, el elefante todavía estaba ahí. La imagen del rey en la Cultura Visual 2.0. Un libro en el que se ahondará en la compleja relación que ha unido desde siempre a las imágenes con la monarquía. Tomando como punto de partida la célebre fotografía del rey Juan Carlos I cazando en Botsuana, se plantea una investigación en la que el pasado y el presente se entrelazan mostrando la supervivencia de los gestos simbólicos que definen a la realeza. Como diría el historiador del arte Hans Belting, “las imágenes son nómadas de sus medios”, saltan de uno a otro atravesando el tiempo y adoptando en cada caso una forma diferente para definir así una genealogía visual que llega hasta nuestros días. Este singular atlas iconográfico dejará al descubierto muchas de las controversias surgidas en torno a esta institución en forma de sátiras, difamaciones, iconoclasias, censuras… y que cuestionan hoy su legitimidad en un mundo dominado por la imagen digital.

Adelanto editorial

Grupo de investigación Irudi (Ander Gondra Aguirre, Marina G. De Angelis, Gorka López de Munain y Luis Vives-Ferrándiz Sánchez) – Cuando despertó, el elefante todavía estaba ahí. La imagen del rey en la Cultura Visual 2.0 (Barcelona: Sans Soleil Ediciones, 2014).

El libro estará disponible en librerías a partir del 1 de septiembre 2014. Y desde mediados de agosto (aproximadamente) a la venta online en la página web de la editorial.

Páginas: 228
Precio: 17,5€
ISBN: 978-84-942922-0-0
Fecha publicación: 1 de sept. de 2014.
Colección: Pigmalión

Fecha: 30/07/2014

 

Vivimos un tiempo en el que la información se ha tornado efímera e inmanejable. Los tweets se suceden, el muro de Facebook avanza imparable, los correos electrónicos se acumulan, las múltiples aplicaciones móviles de mensajería disponibles no se detienen un solo instante y los foros, blogs y demás espacios digitales crecen con ritmo frenético. En un estudio de la revista Science se explicaba que hasta el año 2007 la Humanidad había generado 295 exabytes y que tan sólo 4 años después la cifra aumentaba hasta los 600 exabytes1. Según una infografía creada por DOMO, “cada minuto que pasa, los 2.700 millones de personas con acceso a Internet que se calcula que hay actualmente en el mundo envían más de 200 millones de correos electrónicos, realizan 2 millones de consultas a Google, suben 48 horas de vídeo a YouTube, escriben más de 100.000 mensajes en Twitter, publican casi 30.000 nuevos artículos en sitios como Tumblr o WordPress y suben más de 6.000 fotografías a Instagram y Flickr2. Sin ser necesariamente conscientes de ello, los usuarios de Internet participamos activamente en el aumento exponencial de estos números en un torrente cuyo horizonte resulta imposible de otear. La rueda desciende sin control por la pendiente sin saber si lo que nos espera es un plácido llano o un abismo ignoto.

Éste es un libro realizado con la urgencia y las condiciones que impone la actualidad. La tensión entre el análisis de lo inmediato y la necesaria contextualización sosegada exige ciertas concesiones inevitables. Conscientes de las limitaciones que entraña un estudio de estas características, nuestra investigación busca detener por un instante el tiempo y reflexionar sobre algunos aspectos de un tema clásico como es la “imagen del rey” bajo el marco de lo que Manuel Castells denominó “sociedad red”3. Presente y pasado se funden así en un conglomerado anacrónico donde las cacerías de los monarcas medievales explican muchas de las inclinaciones cinegéticas del rey Juan Carlos I o las teorías de los juristas ingleses del siglo XVI acerca de los dos cuerpos del rey cimentan las preguntas sobre si éste puede tener una imagen privada. Pero, como veremos, estas conexiones dialécticas no son unidireccionales: el pasado puede ayudarnos a entender el presente y viceversa. Creer que un meme o un fotomontaje satírico pueden ser analizados a la luz de textos, teorías e imágenes de siglos anteriores puede parecer aventurado, cuando no un despropósito metodológico, pero confiamos en que en el trascurso de la lectura los argumentos puedan sostener con solvencia el objetivo que perseguimos.

Con la reciente abdicación del monarca han surgido conexiones (no tan) inesperadas en las que se demuestra el carácter superviviente de las imágenes. Si hacemos memoria para recordar otras abdicaciones de gran calado, el caso de Carlos V aparece con fuerza pero4, ¿cómo es posible conectar ambas renuncias? ¿Tiene sentido hacerlo? ¿Qué nos puede aportar el estudio de las imágenes? Aunque ambos hechos se encuentran separados por más de cuatrocientos cincuenta años, no es difícil atisbar conexiones llamativas que, en el fondo, no hacen sino evidenciar la complejidad del objeto (la monarquía) al que nos enfrentamos. Más allá de la casualidad de que ambos sucesores se llamaran Felipe –Felipe II y Felipe VI–, si comparamos los discursos de abdicación de uno y otro monarca veremos cómo, salvando las distancias propias de dos contextos históricos diversos, los nexos se dibujan con singular atino. El cronista Mr. Mignet recogía en su libro El Emperador Carlos V. Su abdicación, su residencia y su muerte en el monasterio de Yuste, publicado en castellano en 1855, el discurso de abdicación de los Países Bajos pronunciado por Carlos V el 25 de octubre de 1525, de donde extraemos las siguientes líneas:

En el estado de abatimiento y debilidad en que me encuentro, tendria que dar estrecha cuenta á Dios y á los hombres, sinó me despojase de la autoridad, según he resuelto: puesto que mi hijo el rey D. Felipe se halla en buena edad para poder gobernaros, y porque espero será un buen príncipe para todos mi amados vasallos… por consiguiente, estoy resuelto á pasar á España, cediendo á mi espresado hijo la posesión de todos mis Estados, y el Imperio á mi hermano el rey de los Romanos. Os recomiendo mucho á mi hijo; y os pido, en obsequio á mi memoria, que le tengáis el mismo afecto que siempre me habéis profesado (p. 111).

Seleccionando algunos párrafos del discurso de abdicación pronunciado por Juan Carlos I el 2 de junio de 2014, pronto se advierten ciertos paralelismos:

Quiero lo mejor para España, a la que he dedicado mi vida entera y a cuyo servicio he puesto todas mis capacidades, mi ilusión y mi trabajo. Mi hijo Felipe, heredero de la Corona, encarna la estabilidad, que es seña de identidad de la institución monárquica. Cuando el pasado enero cumplí 76 años consideré llegado el momento de preparar en unos meses el relevo para dejar paso a quien se encuentra en inmejorables condiciones de asegurar esa estabilidad. El Príncipe de Asturias tiene la madurez, la preparación y el sentido de la responsabilidad necesario para asumir con plenas garantías la Jefatura del Estado y abrir una nueva etapa de esperanza en la que se combinen la experiencia adquirida y el impulso de una nueva generación. (…)

Los dos fragmentos ponen el acento en la continuidad dinástica y aluden, de forma más o menos directa, al cansancio y a la vejez como motivos principales de la renuncia. Estas abdicaciones tuvieron por supuesto su correlato en imágenes, donde también las similitudes –aun no siendo evidentes a primera vista– muestran una vez más esos vasos comunicantes que recorrerán nuestro estudio. Carlos V, cuando aún no había comunicado la abdicación de forma oficial, ordenó en 1551 a Tiziano, su pintor de referencia, la elaboración de un gran lienzo hoy conocido como “La Gloria” y que se conserva en el Museo Nacional del Prado (Figura. 1). La obra se finalizó en 1554 y posteriormente fue trasladada al monasterio de Yuste, en Cáceres, donde su comitente se recluyó tras la renuncia para dedicarse a una vida espiritual en aislamiento. En la pintura, bajo una gloria encabezada por la Trinidad y custodiada por la Virgen y San Juan Bautista, vemos en la parte derecha a Carlos V envuelto en un sudario con la corona imperial a los pies acompañado de su mujer Isabel de Portugal, un joven Felipe II y otros familiares y personajes bíblicos. Se trata pues de la plasmación visual de la abdicación con un tono marcadamente genealógico cuya importancia va más allá de lo testimonial o lo decorativo. La imagen muestra la efigie del mandatario despojado de su cuerpo dinástico; no es ya el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y el rey que gobernó con mano dura los reinos hispanos, sino un hombre que teme a la muerte y que, por medio de la pintura, solicita a la Santísima Trinidad el perdón de los pecados y el acceso a la vida eterna. El cuerpo político del rey había sido ya transferido a Felipe II quedando sólo un anciano consumido por la gota y por una vida colmada de excesos.

Figura 1. Tiziano, La Gloria, Museo Nacional del Prado, Madrid, 1551 – 1554.

Durante el discurso de Juan Carlos I dirigido a la ciudadanía, vimos cómo éste aparecía acompañado de diferentes retratos familiares que nada tenían de accesorio (Figura 2). Una vez más la cuestión sucesoria se hacía presente por medio de las imágenes. En el plató instalado en el palacio de la Zarzuela para la grabación del discurso, se colocó de forma estratégica sobre la pared de fondo el retrato de Felipe I de Parma (hijo de Felipe V, primer rey de la Casa de Borbón) y en la mesa dos fotografías de marcado simbolismo: una de Juan Carlos I con su padre y otra junto con el príncipe Felipe y la infanta primogénita Leonor. Esta última instantánea encabezaba la renovada página web de la Casa Real en 2012 poniendo el acento, una vez más, en la sucesión y legitimación dinástica. Pero esta fotografía no es sólo una imagen genealógica; también nos muestra a una futura familia real joven, actualizada y de buena presencia. La historia de nuevo nos ofrece interesantes claves de lectura.

Figura 2. Fotograma del discurso de abdicación de Juan Carlos I. 2 de junio de 2014.

Durante el reinado de Felipe V (1683-1746) las imágenes tuvieron un destacado papel en la construcción de un imaginario social y cultural y de una nueva forma de comprender la majestad de la nueva dinastía borbónica. Tras la muerte de Carlos II y la llegada al trono de Felipe V, la imagen del nuevo rey se vio impulsada por un despliegue visual cuya presencia contrastaba marcadamente con la del enfermizo Carlos II. Frente a la imagen decadente de un rey débil y falto de salud –el último rey de la dinastía Habsburgo–, la impronta de Felipe se realzaba en términos de juventud y belleza. Como recordaba Huarte de San Juan en el siglo XVI, en su famoso tratado Examen de ingenios para las ciencias, “ser el rey hermoso y agraciado es una de las cosas que más convidan a los súbditos a quererle y amarle, porque el objeto del amor dice Platón que es la hermosura y buena proporción; y si el Rey es feo y mal tallado es imposible que los suyos le tengan afición, antes se afrentan de que un hombre imperfecto y falto de los bienes de la naturaleza los venga a regir y mandar” (p. 256).

La belleza y la apariencia física son estrategias de poder que buscan atraer lealtades y voluntades. El rey debía rodearse de buenos artistas, ya que en estos retratos se construiría el cuerpo político del monarca: su imagen poderosa, amada, convincente y, en muchos casos, temible. Los reyes Felipe y Letizia han buscado edificar ese nuevo cuerpo político adaptado a los tiempos actuales con una impronta joven, natural, atractiva y desenfadada, para lo cual, como veremos a lo largo del libro, se han valido de recursos muy similares a los empleados por sus antecesores. Los retratos de Tiziano o Goya tienen su correlato en las fotografías de Cristina García Rodero y las relaciones de fiestas barrocas se convierten hoy en noticias, tweets, entradas de blogs o programas televisivos. Los gestos se mantienen, pero los medios cambian.

Las imágenes dialogan y atraviesan el tiempo tomando nuevas formas, construyendo otros significados, habitando contextos diversos en los que adquieren sentidos renovados. Como diría el pensador Georges Didi-Huberman, ante una imagen del pasado no deja de reconfigurarse el presente mientras que, ante una imagen del presente, a su vez, el pasado no cesa nunca de reconfigurarse5. Las imágenes dibujan a lo largo de la historia una estratigrafía de saberes y experiencias cuyo verdadero potencial sólo puede ser extraído por medio de una mirada anacrónica. Este libro se propone pensar la imagen del rey desde esta perspectiva, asumiendo que en esos gestos supervivientes –como los apuntados en los paralelismos entre las abdicaciones de Carlos V y Juan Carlos I– subyacen ideas y dinámicas político-sociales que sólo bajo este prisma podrían atisbarse. Este libro también se sitúa ante el tiempo promoviendo esa fértil dialéctica pasado-presente e intentando apuntar cuáles serán las derivas que tomará nuestro objeto de estudio en el futuro. Por ello, los cuatro capítulos incidirán en esa mirada dialéctica con el objetivo de preparar unas conclusiones que miren hacia un futuro incierto y lleno de interrogantes. Quizá, como decía el filósofo Walter Benjamin en sus Tesis a propósito del Angelus Novus pintado por Paul Klee, el progreso nubla nuestra vista y nos impide reflexionar sobre un pasado ruinoso, lleno de miseria, pero necesario para entender nuestro presente y prepararnos para ese “empuje irretenible hacia el futuro”.

***

Sabemos que las imágenes no son inocentes y su poder a menudo desborda y difiere del propósito con el que fueron concebidas; más aún en los tiempos que corren. Se asemejan a un organismo vivo que se comporta y se reproduce sin un patrón claro y cuyo control resulta muy difícil de gestionar. Quizás en la era pre-Internet, con un escenario comunicacional radicalmente diferente, las cosas podían suceder de otro modo, pero la masificación del uso de la red nos obliga a cambiar los marcos a partir de los cuales pensar la vida de las imágenes. Los retratos que acompañan al monarca en los discursos de Navidad, las fotografías oficiales, los reportajes en revistas, las apariciones en televisión, etc., son imágenes perfectamente calculadas y dirigidas a la población con una finalidad clara; pero ¿en qué lugar queda dicha finalidad cuando los canales a través de los cuales acaban difundiéndose escapan al control de la monarquía? Y no sólo cambian los canales de difusión: también, gracias a la apropiabilidad que caracteriza a las imágenes de nuestra época, éstas pueden ser retocadas, modificadas, combinadas… y puestas de nuevo en circulación a través de la infinidad de plataformas digitales y posibilidades comunicativas que pone a nuestra disposición la red. Por tanto, comenzamos aquí a entrever cuál es la naturaleza del espacio sobre el que discurrirá la investigación.

Con el caso de la célebre cacería de elefantes en Botsuana llevada a cabo por el rey Juan Carlos I –y sus interminables consecuencias mediáticas– como punto de partida y la abdicación en favor de su hijo Felipe como cierre, intentaremos demostrar que el estudio de las imágenes debe ser considerado como una de las herramientas fundamentales para comprender los mecanismos que articulan y modulan la sociedad en la que vivimos. Para ello, es necesario aportar toda la documentación y carga bibliográfica pertinente sin que por ello la lectura tenga que ser excesivamente especializada, cuando no hermética. Con este objetivo se inicia el primer capítulo donde se sentarán las bases que nos permitan pensar de qué hablamos cuando nos referimos a la imagen o al cuerpo del rey. Una vez terminado este apartado más teórico, el segundo capítulo busca trazar un recorrido por algunas de las “batallas” más significativas en torno a la imagen de la monarquía, centrándose en los incidentes relacionados con la efigie del soberano y en las disputas vinculadas con la rica tradición de la sátira gráfica. En el tercer capítulo, se definen las características generales del complejo contexto en el que se enmarca la investigación: la Cultura Visual 2.0. Construido ya el armazón teórico y delimitado el escenario de actuación, en el último capítulo se ahondará en una práctica, tan presente como polémica, que acompaña a la monarquía desde sus orígenes mismos: la caza.

La investigación se enmarca dentro del grupo IRUDI: antropología, medio, visualidad de la Universidad de Buenos Aires y del Centro de Estudios de la Imagen Sans Soleil, con el proyecto “Arqueología de la imagen del rey”. Algunos de los avances que aquí se desarrollarán con profusión han sido presentados en diversos encuentros académicos y, debido a la naturaleza actual y dinámica del objeto de estudio, se ha configurado una página web en la que se van sumando los distintos progresos realizados, así como las noticias relacionadas6. Se trata de un libro escrito a “ocho manos” con la urgencia y las condiciones que impone la actualidad. Los resultados de este estudio, inevitablemente provisionales, encontrarán sucesivas revisiones a la luz de las noticias que se sucederán con motivo del reinado de Felipe VI. De todo ello daremos buena cuenta en la web asociada al proyecto.

Referencias

1. Martin Hilbert y Priscila López, “The World’s Technological Capacity to Store, Communicate, and Compute Information”, Science 332, nº 6025 (4 de enero, 2011): 60-65.

2. “¿Cuánta Información se Genera y Almacena en el Mundo?”, Documanía 2.0, 16/09/2013: http://documania20.wordpress.com/2013/09/16/cuanta-informacion-se-genera-y-almacena-en-el-mundo/

3. “La sociedad red [es] la estructura social que caracteriza a la sociedad a principios del siglo XXI, una estructura social construida alrededor de (pero no determinada por) las redes digitales de comunicación”. Manuel Castells, Comunicacion y poder (Madrid: Alianza Editorial, 2009), 24.

4. Hubo también otras abdicaciones a lo largo de la historia. El primer rey Borbón, Felipe V, abdicó el 10 de enero de 1724 de manera voluntaria. La renuncia de Felipe V se caracterizó por el breve reinado de su hijo Luis I, que duró sólo ocho meses. El sucesor lógico hubiera sido su otro hijo varón, Fernando, apoyado por los nobles castellanos. Pero por influencias de la reina Isabel de Farnesio se impidió su coronación en favor del regreso de Felipe como rey. Los debates teológicos y jurídicos estuvieron a la orden del día, ya que sostenían que un monarca no podía dar marcha atrás y regresar al trono. Juan Carlos I también está relacionado directamente con una confusa línea hereditaria con saltos y ceses de por medio, restaurada y, casi podríamos decir, creada o recreada por el dictador Franco. Alfonso XIII se exilió tras la proclamación de la II República en 1931, renunciando en 1941 a la jefatura de la Casa Real en Roma en favor de su hijo Juan. El Conde de Barcelona tiene la particularidad de ser un rey que nunca reinó. En 1977 presentó oficialmente la renuncia de su derecho al trono en favor de su hijo Juan Carlos I, que ya era Jefe de Estado desde 1975. Carlos IV también tuvo que ceder la corona en favor de su hijo Fernando VII en 1808, época de sucesivas alteraciones en la monarquía motivadas por un convulso contexto político.

5. Georges Didi-Huberman, Ante el tiempo: historia del arte y anacronismo de las imágenes (Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, 2008), 32.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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